Cumpleaños en aislamiento social

Tantas veces en rabieta dije: “no hay nada que celebrar” y realmente estaba muy muy equivocada.


Estoy a pocos días de cumplir veintinueve y tengo tantas emociones al respecto, que me cuesta incluso describirlas. 

Entramos en cuenta regresiva: faltan tres días. Y tengo una presión en el pecho que en esta coyuntura, realmente me asusta, me friquea, pero no, solo es un gran miedo. Faltando tan poco, tengo miedo de no llegar. 

Parece estúpido, pero es real. Esta maldita enfermedad nos está quitando todo, no solo la libertad, sino también la seguridad. Hoy ni siquiera podemos hacer planes para el futuro cercano (en dos o tres meses), porque no sabemos si se podrán concretar; mucho menos tenemos la certeza de si estaremos vivos para ese entonces, porque hoy ni siquiera puedes estar seguro de que el virus no se encuentra ya en ti y te está destruyendo silenciosamente. 

Es la primera vez en mis veintinueve años que voy a pasar un cumpleaños sin salir a cenar con mi familia, sin tomarme unas chelas con amigas y amigos, sin una torta de cumpleaños, sin regalos, sin ropita nueva. Y aquí viene la catarsis, “que felices éramos disfrutando de nuestra gente y renegando de lo frívolo”.


Faltan solo tres días, pero cada uno pesa una barbaridad. Y se está convirtiendo en un triunfo poder contar uno más. 

No quiero nada de fuera para ese día. No quiero un pastel de cumpleaños que pueda costarle la vida a alguien de mi familia, no quiero nada especial. Solo quiero llegar y que lleguemos todos, a ese día y a los que siguen luego. 

Quédate en casa y quedemos todos hasta que esto pase, para que cuando crucemos el umbral de nuestras puertas, podamos celebrar una nueva temporada de vida, un nuevo inicio, hasta diría yo, una nueva fecha de cumpleaños. Porque después de vivir esto, vamos a volver a nacer.

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